lunes, 12 de octubre de 2009

Un anarquismo amable (sobre "Julie y Julia")

No se puede negar que Hollywood, desde hace casi un siglo, es una especie de gran industria manufacturera de esos objetos que tanto nos gustan, las películas. En la década del `50 un grupito de críticos franceses se lanzó a la lucha con la bandera de lo que se llamó la política de autor, esto es, la idea de que dentro de esa enorme industria que siempre fue Hollywood ciertos directores (para algunos, apenas más que artesanos, para estos críticos, artistas) podían, en medio de las limitaciones de la producción en cadena, tomar los elementos de un cine estandarizado y expresar un punto de vista subjetivo que respondiera a la mirada de ese autor. Ya corrió mucho agua bajo el puente y hoy la idea de autor, bastardeada y esparcida al viento, poco interesa. Pero a pesar de las idas y vueltas de las valoraciones críticas, Hollywood sigue ahí (aunque para muchos, en perpetua crisis), produciendo esos objetos que nos siguen gustando tanto, más películas.
Dentro de la gran marejada de producciones estadounidenses que semana a semana inundan nuestras carteleras hay, por supuesto, de todo. O por lo menos eso pensamos algunos. Vienen los grandes tanques (algunos tan malos, otros tan buenos) y cada tanto aparece una película que podría haber sido tanque en otro momento pero que hoy se muestra tímida en las carteleras y que si no prestás atención, se te pasa. Fue el caso, creo, de Julie y Julia, película que cuenta con por lo menos una gran estrella (Meryl Streep, aunque ya mayor, sigue atrayendo espectadores) y que fue dirigida por una directora que el público favoreció más de una vez (Nora Ephron). No sería este el momento de hacer, ni creo que resultara particularmente interesante si se lo hiciera, un análisis de Julie y Julia desde la perspectiva de Nora Ephron como autora. Pero esta película modesta (por cómo se la lanzó en Argentina pero también por su propuesta) merece nuestra atención.
Hay una cierta amabilidad en el tono, en los personajes, en lo que se está contando que puede sonarle a unos cuantos a irrelevancia. Una película sobre señoras que cocinan podría parecer en un primer momento destinada únicamente a señoras que cocinan. Esta idea suena a estupidez apenas se la articula, pero está dando vueltas.
El centro de toda esta propuesta, diría, está en el personaje interpretado por Amy Adams (la Julie del título), joven casi treintañera del siglo XXI que, asfixiada por su vida, decide un día empezar un blog en el que contar su experiencia preparando todas las recetas del clásico libro de cocina francesa escrito por Julia Child (la Julia del título). También se nos cuenta la historia de esta Julia que en los cincuenta aprendió a cocinar en Francia y después tuvo que luchar para publicar el libro de cocina que, según dicen distintas fuentes, se convirtió en leyenda en Estados Unidos. De alguna forma, esta Julia parece existir en la película solo en la medida en que Julie (nuestra coetánea) la invoca en su obsesiva búsqueda de todo lo que es Julia y de hecho hacia el final se nos dice “La que importa es la Julia que está en tu cabeza”.
Vamos, entonces, con nuestra protagonista provisoria: Julie Powell. Dijimos, como se ve claramente en la película, que Julie se siente asfixiada por la vida. Podríamos darle un nombre a esa asfixia: Julie está por cumplir los 30 años y atraviesa la consabida crisis. La película (su parte de la película) empieza cuando Julie se muda a una nueva casa en Queens, un departamento destartalado sobre una pizzería. La joven pareja se acaba de mudar ahí para conseguir unos metros más. O sea que con la casa va todo mal. Problema número uno. ¿Cómo van las cosas con la pareja? En principio, todo bien. Va a haber problemas, por supuesto (¡el conflicto, tiene que haber un conflicto!), pero eso viene después. El problema real es el trabajo. Julie, la que todos creían que sería una exitosa escritora, tiene un trabajo atendiendo el teléfono en un organismo gubernamental que se encarga de tratar con las consecuencias del atentado del 11 de septiembre. Evidentemente, es un trabajo al que cayó cuando no tenía demasiadas opciones: no le gusta y no le alcanza para vivir como querría. Podríamos pensar que Julie está en crisis porque es lo que los americanos llaman “una perdedora”: una mujer adulta que no tiene ni éxito ni dinero (si es que no los consideramos sinónimos). Entonces, ¿la crisis de Julie surge simplemente porque no logró subir lo suficiente en la escala laboral? ¿Será? ¿Estamos ante otra de esas hermosas parábolas que terminan justificando (una vez más) el omnipresente sistema capitalista?
Hay un detalle que no es menor: una vez cada tanto, Julie se reúne con sus antiguas compañeras del colegio en un restaurante para almorzar juntas, sana costumbre que ella detesta. Vemos una de esas reuniones: cuatro mujeres sentadas alrededor de una mesa. Tres de ellas son exitosas, tienen poder, dinero, prestigio o las tres cosas. Solo Julie no tiene grandes novedades que contar. También Julie parece ser la única que está realmente sentada allí. Dos de las cuatro se la pasan hablando por celular, la tercera parece interesarse por Julie y lo que tenga para decir (le quiere hacer una entrevista), pero termina por usarla para escribir un artículo en una revista, en el que la usa como ejemplo de lo patético. ¿Pensamos realmente que esas mujeres son el modelo al cual apunta la película? Claramente no. Por otro lado, ¿por qué es tan terrible el trabajo que hace Julie? ¿Es por las cosas que tiene que soportar? Posiblemente. Pero, como se encargan de recordarle, es un trabajo tan bueno como cualquier otro. Y es un trabajo que en definitiva intenta (en cierta medida) ayudar a quienes se pueda ayudar. ¿Es realmente tan detestable? En más de un punto más de una persona intenta hacerle ver a Julie que debería estar satisfecha.
El problema del trabajo que Julie es que no significa nada. O por lo menos no significa nada para Julie. A pesar del bien que puede llegar a hacer, es un trabajo vacío porque ella no quiere hacerlo. Tampoco sabe todavía qué quiere hacer (o sí, escribir, pero no logró hacerlo) y en parte de eso se trata la película, pero no vamos a ir ahora por ese camino. ¿Sería mejor este trabajo si Julie Powell recibiera un sustancioso aumento y pudiera por fin dejar ese departamento sobre la pizzería? No es una opción que se plantee, pero podríamos suponer que no. Porque el problema no es la cantidad de ceros que figuran en el recibo de sueldo (la pareja, con sus problemas, es feliz en su departamentucho) sino que el problema es vender la propia vida a cambio de esos ceros. Frente a la lógica de venderse a lo que sea por pagar las cuentas, se presenta la cocina. Y no solo la cocina: la cocina francesa. Una floritura esencialmente inútil. Claro, todos tenemos que comer, pero bastaría con comer barras de proteínas y vitaminas. De hecho, como se recalca más de una vez en la película, la base de la cocina francesa es la manteca, elemento grasoso e inútil si los hay pero que viene tan bien en las comidas. Toda esta película es, en cierta forma, el descubrimiento de la cocina, de la comida, de la comida como pasión, como pasión superflua pero terrible, como un algo más, como objeto del esfuerzo a contramano en una vida que en principio parecería excluir ese tipo de elementos. La cocina francesa es un elemento externo a la vida de oficina. Y es la que justifica a Julie, así como había justificado a Julia.
Por supuesto, el final feliz incluye no solo la reconciliación matrimonial, el éxito en el objetivo del blog y unos cuantos kilos de más, sino también jugosas propuestas laborales que significarán, suponemos, el fin de los días de Julie como recepcionista de quejas y lamentos. O sea que Julie, finalmente, va a encontrar un buen trabajo. Y con la venta de derechos para esta película, unos cuantos billetes. Todo todo terminó bien. Y ese final dulce (no edulcorado) pareciera en cierta forma anular cualquier esbozo de crítica que podríamos haber encontrado en la película. Pero no es así. ¿Por qué habría de ser así? Julie encontró ese algo más, encontró su manteca, y en este caso la manteca le rindió por lo menos algunos frutos. ¿Eso está mal? ¿Habría sido más “realista”, por ejemplo, si después del blog volviera a la oficina y encima tuviera que anotarse en un gimnasio para quemar la grasa que acumuló en su aventura? ¿Ese final tranquilizador (salimos, por lo menos, contentos) impide cualquier movilización en el espectador? No tiene por qué hacerlo. Tal vez Julie y Julia tenga un efecto positivo en las matrículas de las escuelas de cocina, tal vez no. Tal vez algún espectador salga después de escuchar esa tan extraña risa de Meryl Streep a la calle y se dé cuenta de que su vida es una mierda. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo podemos saber el efecto que una película va a tener en cada persona? ¿Cómo podemos determinar que una película con tesis socialista, imágenes de impacto y banda sonora de batalla va a ser más eficaz para conmover o conmocionar que Amy Adams? No podemos saberlo y no tenemos por qué calcularlo. Yo prefiero ir a ver una película.
Y si hablamos de películas, Julie y Julia tiene mucha manteca para ofrecer.

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