domingo, 11 de octubre de 2009

Tarantichcock

"Nada concreto, sí, lo que demuestra evidentemente que es usted conciente de lo que hace y que domina a la perfección los secretos de la profesión. Este tipo de películas, construidas en torno al «Mac Guffin», hace que ciertos críticos digan: Hitchcock no tiene nada que decir, y en ese momento, creo que la única contestación posible sería: «Un cineasta no tiene que decir nada, tiene que mostrar. »"
Francois Truffaut, El cine según Hitchcock


Hace unos 40 años, Francois Truffaut se sentó frente a Alfred Hitchcock para conducir una serie de entrevistas que resultarían en lo que muchos consideran “la Biblia del cine”: El cine según Hitchcock. En el prólogo a ese libro, Truffaut dice que una de las razones (si no, la razón) que lo llevaron a ese proyecto fue la evidencia de lo mal que la crítica (en especial, la norteamericana) trataba a uno de sus directores favoritos. Se lo tildaba de pasatista, intrascendente, comercial, poco verosímil y vaya a saber uno qué más. En el fondo, poco les interesaba a los críticos analizar sus películas, bastaba con despreciarlo. Hoy pasa algo similar con otro director “polémico”: Quentin Tarantino[1]. Su “polemicidad” (como había pasado con Hitchcock) no gira en torno a que a algunos les guste y a otros no (eso pasa con cualquier director). A los detractores de Tarantino no solo no les gustan sus películas, les niegan directamente la “categoría” de cine. Tarantino, para esta gente, no sería un director de cine sino una especie de adolescente eterno con mucho dinero entre manos y un basto conocimiento de la cultura popular. Como si una cosa anulara la otra.
Cuando se habla del cine de Tarantino con términos como “intrascendente” o “vacío” en lugar de otros como, por ejemplo, “bueno”, “malo” o “aburrido”, lo que se está evaluando no es la calidad estética (que uno siempre puede poner en duda) sino el valor de ese objeto estético. El cine “instrascendente” se opone al cine “trascendente”. Ahora bien, ¿qué sería un cine “trascendente”? Supongo que a lo que se apunta es a una película que trata un “tema trascendente”. ¿O acaso existe una “forma trascendente”? ¿Hay alguien mejor que Tarantino para trabajar la forma? Así que estamos hablando del “contenido”, del tema que trata, de una idea un tanto muy anticuada de lo que es el cine: la de un medio para “tratar temas”. ¿Qué sería, entonces, una película trascendente? La película que trasciende el cine para “decir algo sobre la vida” o sea, que escapa al cine, se va, se aleja hacia ese otro mundo (más “trascendente”) en el que tratamos “temas”.
Siempre me pregunté qué es lo que suponen esas personas que claman al cielo por más trascendencia en las películas de Tarantino que pasaría si en algún momento llegan a ver en sus películas una crítica demoledora del modo de producción y de vida capitalista, o algún irresoluble dilema moral de esos que hacen dar vueltas en la cama a tantos profesores de Filosofía. ¿Pasaría, en verdad, algo? ¿El imperio americano de pronto implosionaría librándonos por fin del más grande y terrible de todos los cucos? Por algún motivo supongo que no pasaría nada más que el que se vuelvan a prender las luces y los gruñones puedan volver a sus casas contentos por haber compartido con su ahora amado director y algunos otros selectos espectadores un edificante momento de autocomplacencia y desprecio por esos tan terribles norteamericanos.
El origen del malentendido es, creo, que los evangelizadores del cine de plomo parecen olvidar (por lo menos durante los lapsus en los que se dedican a criticar un cine “vacío”) que la vida es diferente del cine y que el cine, en comparación, no es tan importante ni lo abarca todo. La cinefilia, claro, surge de “tomarse en serio” algo que muchos consideran apenas un entretenimiento. De acuerdo. Se puede tomar en serio el cine. Pero tomárselo en serio no opera sobre el objeto una metamorfosis instantánea que lo vuelva “algo importante”. Vamos, muchachos, que es una película nomás. Aunque algunos se juegan o quieren jugarse la vida en el cine, eso no hace del cine la vida.
Así como no nos gusta que alguien diga que el cine tiene que ser algo más “trascendente” que el cine mismo, tampoco podemos negar que otros prefieran usar el cine para algo más. El cine puede usarse para decorar paredes, para educar sobre enfermedades venéreas, para “transmitir valores” o para preservar los objetos y las personas frente al paso del tiempo. ¿Por qué no? Una película cualquiera puede hacer todo eso al mismo tiempo sin siquiera habérselo planteado. Pero que el cine pueda hacer todas esas cosas no quiere decir que deba hacerlas y mucho menos que deba perseguirlas como objetivo.Posiblemente uno de los rasgos que resultan a tantos tan irritantes de Tarantino es que al ver sus películas muy pocas veces podemos olvidarnos de que estamos viendo una película. Y eso está bien. Pocas ilusiones son más dañinas al cine que la idea de que es algo más que cine.
[1] Evidentemente, Tarantino despierta polémica entre aquellos a quienes no les gusta. Por suerte, no son pocos los que le reconocen su valor.

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