jueves, 26 de agosto de 2010

Solitario y final (Nuestros agentes secretos)

Las películas de espionaje cuentan con una larga tradición. Muy larga. Digamos, Hitchcock lo hizo primero. Pero si hay un personaje que se ha vuelto arquetípico, "el" agente secreto, es obviamente Bond, James Bond. ¿Cuántas películas lleva? ¿Cuántas más le quedarán?
El personaje Bond es una especie de fantasía del mundo capitalista: un tipo pintón que resuelve cualquier problema, tiene todos los juguetitos tecnológicos imaginables, no envejece, no tiene vínculos reales, responde a ideas claramente definidas y levanta minas con pala. No es casual que sea justamente él el que se enfrentaba al enemigo comunista, el que terminaba siempre salvando el mundo. El problema, por supuesto, es que hoy el mundo de los espías se quedó sin archienemigos (por más esfuerzos que haga Agente Salt por resucitar paranoias caducas). Bond intentó seguir adelante como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera caído el Muro, pero tarde o temprano el cine iba a tener que rendir cuentas.
Lo que tenemos ahora es una nueva especie de agente secreto (representado, fundamentalmente, por la trilogía Bourne, con sucursales en Salt y demás personajes Angelina Jolie). Las cosas cambiaron, por supuesto, pero lo que me llama la atención (habiendo visto recién Agente Salt) es la desolación del mundo de los espías. No es que me despierte nostalgias, pero es notorio; por más conflictos emotivos que tuviera Bond, por más "trágica" que fuera su versión, uno podía en cualquier momento desear su vida de lujos, piernas abiertas y viajes por el mundo. ¿A quién le gustaría ser Jason Bourne? En un mundo mucho más sutil, más complejo y más tecnologizado, las habilidades del espía tienen que cambiar. Bond siempre llamaba la atención, atraía las miradas; los agentes de hoy parecen tener una única cualidad fundamental: desaparecen. Se entiende, en una sociedad hipervigilada lo extraño es poder escapar a las redes de información. El agente de hoy no tiene cualidedas de lord inglés sino de rata. Como una especie de MacGyver informático, sabe cómo hackear cualquier computadora, escapar a las cámaras o robar plata con un puñado de tierra, pintura y algunos cables. El agente hoy no sobrevive gracias al encanto sino gracias a la información: todo sucede en su cabeza antes, se anticipa a todo (incluso a las trompadas). Su patrimonio es el de un entrenamiento más que militar, una disciplina monástica.
No deja de ser simpático: en lugar de una especie de modelo de propaganda de autos, el héroe de las películas de espionaje se acerca a un pirata contracultural. Y en general trabaja en contra del gobierno que lo entrenó: rebeldía. Cuando ya no hay un enemigo externo, los glóbulos blancos se vuelven contra el propio organismo. Pero por otro lado no puedo dejar de pensar en lo frío que se ha vuelto ese mundo. Esa es nuestra fantasía.

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